Florentia: la magia de florecer

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Por: Isabela Olarte Zapata

No es un secreto. Hay viajes que sabemos que nos van a cambiar la vida -o mejor dicho, la panorámica- desde que digitamos en el buscador el sitio web de la aerolínea de nuestra preferencia. No sé si lo indicado sería llamarle sexto sentido o pálpito, pero resulta que el caso es que uno lo siente.

Frente a la pantalla que nos muestra una cantidad de destinos –cual de todos más apetecidos por nuestros pasaportes- y horarios, uno solo se permite saborear el lugar en el que aterrizará en los próximos días. Y como si fuera poco, a uno ese lugar le sabe a algo. A pesar de que la distancia aún sigue siendo larga y los kilometrajes desconocidos, a uno le sabe a algo.

Gracias a el tiempo he logrado poner en palabras ese sabor que en un comienzo me parecía indescifrable. Luego de tantos ‘’chequeo cruzado’’, puedo decir que cuando decidí irme a vivir a Florencia, Italia, lo que saboreaba no era tener a el mismísimo Ponte Vecchio frente a mis ojos, ni admirar, ahora más de cerca, a su icónico e inconfundible Duomo o la dicha de poder comer gelato todos los días y en todo momento. Esa mañana del mes de mayo de 2012 mientras repasaba las escalas de mi itinerario una por una, mi paladar disfrutaba, sin tener la consciencia necesaria, un primi piatti de locura, sueños, miedos, retos, expectativas, inseguridades, seguridades, aprendizaje, amor, valentía, conocimiento, desprendimiento, madurez.

Con la ansiedad que produce lo novedoso, traté de preparar una maleta que le hiciera justicia a mi estadía en La Toscana: liviana de equipaje. Así, sin nada distinto a hacer fuerza para que no se me olvidara decir ‘’non parlo niente di italiano’’ a mi llegada, emprendí un rumbo hacía lo desconocido teniendo la certeza de que al otro lado del charco, lejos de los que me gusta tener cerca –muy cerca- a mi corazón, me esperaban los mejores meses de mi vida. Y yo, que acostumbro a desacertar la mayor parte del tiempo, nunca antes había tenido tanto la razón.



A Florencia le agradezco más que mis vuelos, mis aterrizadas. Significó un polo a tierra que no pensé que me hiciera falta, pero que necesitaba más que cualquier otra cosa en el universo. Me tropecé con la maldad de frente, descubrí una valentía de la que nunca tuve noción, miré a la incertidumbre a los ojos, conocí personas encantadoras de las que al sol de hoy no me gusta perderme ni un solo movimiento, fui inmensamente feliz, salí de mi zona de confort, valoré el triple, aprendí que la riqueza se cuenta en las personas que, teniendo motivos para irse, deciden quedarse a compartir momentos contigo y que hablar otro idioma, más que una aventura, es casi que una obligación; me reconocí en una cultura ajena a la mía y me gustó, comprendí que al igual que decía Cerati, decir adiós es indudablemente la muestra más grande de crecimiento, crecí, amé la vida con la que Dios me premió en todas sus facetas y no sé en cuál de todas Él se fajó más; gané kilos y esa ganancia fue directamente proporcional a lo que perdí en inseguridades y miedos, rompí con las barreras de ‘’no, no puedo’’ y me arriesgué con los ‘’sí, claro que puedo’’, me recargué de las energías más bonitas, desarrollé la capacidad de maravillarme por todo y por nada, me esforcé por no convertir las cosas en paisaje, vacié mi alma de todo lo que hacía hundirme y la llené, esta vez un poco menos cargada, para volar alto; conocí lugares entrañables, suspiré lejos de casa, en silencio padecí de todas las ‘’itis’’ posibles, toleré las diferencias y las hallé bellas, descubrí la paleta de colores con las que debemos colorear la vita, comí pastas hasta que no me cupiese un arroz acostado, me empapé de una cultura a la que me encanta estudiar las veces que puedo, entendí que hogar se le llama a los lugares que te acogen desde la primera vez que los pisas, leí tantos libros a la espera de un treno que nunca supe si era el tren el que, amablemente, esperaba a que yo llegase al punto final; me autoregalé mundo, vida, camino, conocimiento y soltura.

Corrí, caminé, tropecé, me levanté, me abracé, me perdoné y, por encima de todo, me aprendí a amar. Así, sin tantas vueltas, sin tanto alarde. Amé encontrarme con un yo que creía ausente y con una risa que creí perdida. Y por fin, lejos de tanta maldad y tanto prejuicio que polarizaba a mi país que con orgullo llevé de viaje también, me reinventé.

Indiscutiblemente reinventarme fue la chispa que prendió el amor desbordado que le tengo a Florencia. No en vano, los romanos al fundarla la llamaron Florentia, que en latín significa florecimiento. Por tanto, con certeza digo que lo que me enamoró de ella en realidad no fueron sus hermosas calles, ni su gente que tanto se parece a la de mi tierra natal, ni la comida de Mapi –mi mamá italiana-, ni la Catedral de Santa María del Fiore, ni el cremino que me comía sin falta todas las tardes, ni el Piazzale Michelangelo, ni la Piazza del Duomo, ni mucho menos la Galería Uffizi, al contrario, creo que lo que más me cautivó fue la tremenda capacidad que posee para convertir todo lo palpable en algo imprescindible.



Lo intangible allí cobra vida de una manera, para mí, un tanto mágica. El amor, en esta bellísima ciudad, revolotea por cada rincón. Es el idioma universal que transforma y no permite que se vaya uno de la misma manera en la que entró. Salir de ella sin un toque de amor hacia uno mismo y hacia la otredad es inimaginable. Es que mejor dicho, se los digo de esta manera, si como ciudad de enamorados ustedes tienen por referencia a Venezia, es porque aún no conocen a Firenze.

Ahora bien, se preguntarán por qué elegí Florencia y no otra ciudad y la verdad no sé qué decir. Siempre me ha encantado Italia y desde pequeña no concibo otro plato más rico que unas buenas pastas, pero a lo mejor uno es el que está equivocado porque creyendo que hemos sido nosotros quienes elegimos el destino, hay lugares que nos han esperado toda la vida.

Tantas son las maneras de desplazarse por el mundo que lo que lo hace más lindo aún es que cada uno puede elegir –o inventar- de qué manera hacerlo. Los aviones no suelen ser siempre el medio de transporte, a veces, basta una buena charla con amigos, nuestro deporte favorito, un buen libro o la película que teníamos en la lista de espera para emprender un viaje. A lo que me refiero es que no importa cómo se haga con tal de que se haga. Ojalá, al final del recorrido, se haya hecho posible modificar un pensamiento, un comportamiento, una idea, una opinión y, que al movernos, tengamos en cuenta de que lo esencial nunca han sido los puertos de salida, sino los de llegada.

Por eso, entre tantos lugares en los que pude haber tocado tierra, este pintó ser el adecuado para soltar mi ancla. Sin lugar a dudas, la cuna del arte, tiene una mirada de domingo por la tarde. Esa ciudad que al atardecer se funde a la perfección con un cielo que da la sensación de estar ardiendo en llamas, esa que fue testigo de mi felicidad por varios meses, es la misma que me enseñó algo fundamental para vivir: regalarme cucharadas soperas de amor propio.

Florencia, conforme pasan los años la gratitud es más grande. De hecho, para nadie es un secreto que hoy, cinco años después, la piel se me sigue erizando al escuchar tu nombre y los ojos me brillan cuando hablo de ti. Sencillamente gracias, si pudiera darte un abrazo y meter ahí tus encantos, tus paisajes, tus calles, tu historia y personas, lo haría. Por ahora, déjame soñarte a lo lejos, desde América del Sur, mientras el pasar de los días me hagan saber que falta uno menos para volver a vernos.



Fotos y texto: @isabelaolartezapata
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